EXTático

La teoría del vínculo afectivo y el yo propio

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas mayo 17, 2012 @ 8:01 am

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Uno de los problemas que adolece mi idea del yo propio como tiempo es saber qué ocurre hasta la llamada explosión metafísica, donde el yo se da cuenta de ser sí mismo. Cuando un individuo es consciente de que es un yo es porque ya tiene un pasado a considerar, una memoria. Más difícil es que se dé cuenta que ese yo como memoria y pasado es tiempo y eso pocas veces ocurre. Sí en cambio el yo al tener una proyección de futuro o una actividad que implique un concepto de fin se puede comprender las acciones como tiempo pertenecen al yo. Con eso, y de un modo indirecto, el yo hace tiempo, tiempea como he dicho alguna vez, parafraseando a Heidegger. El asunto es ¿qué ocurre en el yo que no tiene memoria? En realidad es en el pre-yo donde se fragua esa memoria de ser pasado, el yo era. La pregunta es qué es el pre-yo y de dónde surge.

El pre-yo es el instinto o impulso como tendencia, una tendencia similar a la que plantea Fichte en su teoría del Yo como actividad absoluta. Ese pre-yo es muy claro en los neonatos y se manifiesta de un modo experimental en la teoría del apego de Bolwby. No hay ningún salto en la explicación que enlaza la actividad del Yo como tendencia con el vínculo afectivo, ya que estamos hablando de un Yo inmanente, donde todo está contenido y es correspondiente. Eso significa que en la exposición de una teoría los significados son sinónimos dentro de la univocidad de la inmanencia. Todo es lo mismo y diferente a la vez, de ahí la individualidad del yo que se fundamenta en el Yo.

El vínculo afectivo surge de la teoría de Bolwby sobre el apego. El vínculo afectivo es una tendencia instintiva filogenética adaptativa, que surge en el individuo hacia las figuras objetales, que son las más próximas al individuo desde el nacimiento. Bolwby observó que los bebés reaccionaban ansiosamente cuando estos eran separados de sus madres, con diferentes estadios. Al principio era una desesperación que se manifestaba en una rabia excesiva. El estadio posterior era de desánimo con un dolor que se manifestaba en la tristeza. Cuando por fin se elaboraba esta afección el bebé volvía a la normalidad, no sin antes observar un miedo al abandono por repetición de esa separación afectiva. La famosa triada de Bolwby con respecto a la separación afectiva de los objetos parentales o de la madre eran la rabia, la tristeza, que se podía tornar en desesperanza o esperanza dependiendo del tiempo, y la reorganización para establecer nuevos patrones de acción.

Lo interesante de la teoría de Bolwby es que este vínculo afectivo enseña experimentalmente, que todo individuo o pre-yo tiende hacia un yo de un modo natural y genético. Todos los individuos humanos manifiestan este comportamiento impulsivo e instintivo hacia otro yo concreto. Fichte establecía en su doctrina de la Ciencia, que la tendencia del yo es un impulso, un instinto y es la base de la actividad ideal del yo. Para que exista un yo que pueda intuirse él mismo debe de existir una tendencia que limite con algo, la madre, para que vuelva hacia él, el pre-yo y pueda intuirse como producto y hecho de conciencia. Ese hecho de conciencia que se limita a sí mismo es el principio del yo en el tiempo, que cuando consiga algo de pasado ya será tiempo y memoria. Al cabo de unos años de manifestarse el vínculo afectivo y la tendencia en el pre-yo, este se convierte en el yo cuando atiende por el nombre propio y se vislumbra a sí mismo diferente del objeto parental. Es aquí con este cambio cuando comienza la autodeterminación del yo o ese yo autónomo y autopotente que con el tiempo se establece si se modula el tiempo.

Esta tendencia del vínculo afectivo es la expresión de la necesidad que tiene el individuo para determinarse en la limitación. Y la tendencia a huir de lo indeterminado es el tiempo con la idea de cambio de los recíprocos, cuyo avance o movimiento entre la determinación u lo indeterminado es el tiempo de Anaximandro. Dice que existe un principio universal de que todo tiende a lo indeterminado, que mientras ocurre es el tiempo su expresión, pero el tiempo entendido sin el yo, como una sucesión de correspondencias. Eso es a lo que tiende el pre-yo pero es su determinación que limita el objeto, es decir, los padres, comienza a autointuirse para que se determine mayormente el pre-yo en el yo que es tiempo.

Como el principio de indeterminación es eterno en cuanto no es tiempo sino un continuo ilimitado, lo que pretende este pre-yo es a determinarse, y por tanto, el vínculo afectivo como pre-yo también pertenece a lo extemporal. El vínculo afectivo es el yo universal, absoluto, que todos los individuos llevamos dentro. Es la parte de eternidad del no-tiempo que necesita el yo para la relación con el otro con el que compartimos el vínculo afectivo de un modo recíproco.

Fichte habla de una triada ontológica donde la actividad del yo absoluto es la realidad, el ser es el objeto externo conceptualizado por el sujeto y el existir es el conceptualizar. Esa triada se puede extrapolar a la noción de Bowlby, donde el vínculo afectivo es la realidad fundamental inmanente de un pre-yo compartido que se autodeterminará en el yo. El ser es el objeto, pero en una teoría que se relaciona con el vínculo afectivo sería el objeto parental, los padres o figuras de apego. Todos los padres del mundo son el ser afectivo, que en correspondencia es un vínculo entre como padres e hijos en reciprocidad El existir como conceptualizar es la relación que proporciona la vinculación afectiva en el desarrollo del yo autodeterminado y potente en la construcción de conceptos. Estos principios ontológicos son la base segura para comprender la realidad del pre-yo, el ser afectivo correlativo y el autodeterminarse del yo autopotente.

El yo autopotente

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas mayo 4, 2012 @ 7:15 pm

 

La definición de este concepto subsume a tres conceptos, el yo, la autonomía y lo potente. El yo es el tiempo propio o la reflexión propia de los éxtasis del tiempo como pasado, presente y futuro. La autonomía es la capacidad de interpretar la propia ley y ser dirigido por esa misma norma. Lo potente es llevar en sí mismo la capacidad de cambio o el principio del cambio. El yo autopotente sería aquel yo que interpreta la ley como tiempo propio, que es capaz de usarla para sí mismo y dirigirse por ella, dentro del principio del cambio.

Del yo ya he hablado mucho y algo he mencionado sobre la autonomía pero poco sobre lo potente. Lo potente es un concepto que define Aristóteles como lo que tiene el sentido de movimiento o cambio. El cambio puede estar en sí mismo o en otro, donde la detención también equivale a lo potente, porque algo que está en movimiento y se detiene es cambio. el principio de cambio como lo potente es movimiento y privación tanto en sí mismo como en otro. Ahora bien, Aristóteles no plantea el principio del cambio concretamente en un yo sino en todo ente o ser que tenga la capacidad de cambiar o de moverse. Lo potente es el concepto que permite comprender que las cosas no son completamente estables ni en movimiento continuo, sino que se necesita entender una relación recíproca entre el cambio y la estabilidad o el movimiento y la detención. Es una manera de entender una correspondencia conceptual, que permite aplicarse a las cosas, pero sobre todo a la ley del tiempo, que soy yo mismo. Cuando lo potente se comprende dentro del yo, ese yo es omnipotente, ya que en sí mismo como tiempo tiene la capacidad del principio de cambio. Ello equivale a interpretar el poder como un principio de movimiento y cambio en todo lo que puede ser interpretado por el yo. Ese yo omnipotente no tendría nada que ver con el control omnipotente del objeto del que hablan los freudianos o de la omnipotencia teológica de Dios. Es el ser consciente de que interpretando el tiempo como principio de cambio y de movimiento en sí mismo, la vida del yo, mi yo, se reconvierte en una hermenéutica temporal del cual yo soy la potencia activa.

Con respecto a la autonomía, es un concepto kantiano que surge en la Crítica a la razón práctica como la capacidad de determinarse a una ley propia, que es la de la razón. Es una autonomía de la razón pura, que equivale a la de la liberad, donde cada ser racional se puede considerar un legislador universal. En el mismo sentido Fichte explica que la autonomía equivale a la Ipseidad absoluta que es la libertad como capacidad de comenzar absolutamente. La idea de vincular la autonomía con la libertad plena es universal, pero dentro de un individuo es su ser racional. El problema es que la razón tiene sus reglas escritas de un modo más bien vertical y trascendente en el pensamiento de Kant. Lo que equivale a decir, que hay que seguir unas reglas morales para ser autónomo y libre. En el pensamiento de Fichte la autonomía como libertad absoluta es una inmanencia pura y horizontal, lo que equivale a decir, que la libertad se expresa en el comienzo de cada actividad, cuyo exponente es el yo individual o práctico. La libertad es la expresión de la síntesis de la producción del yo del sujeto/objeto de lo real e ideal en Fichte, pero sobre todo que el yo puede producirse a sí mismo a través de una ley propia.

Entonces el yo autopotente se comprende como tiempo de ley propia que permite la libertad para producir cualquier sujeto/objeto. La norma universal desaparece con la autopotencia del yo porque es el mismo principio del cambio y del movimiento, que incluye la detención. El yo autopotente no es otro. Esta afirmación tiene el sentido de que lo verdaderamente importante para el yo es la libertad de la producción con la ley propia del tiempo que es uno mismo, yo tiempeo, que no temporalizo. Pero este concepto ¿sirve para algo? ¿Es práctico?

En principio e en la exteriori¿Qué es importante? Desde este punto de vista general, nada es importante en la exterioridad para el yo propio, equivale a decir que una ética reglada, universalista, un modelo de acción, ideales, materialidades, relaciones, carecen de sentido en un yo que tiempea o es tiempo. Toda la exterioridad como lo otro no tiene un significado de jerarquía, de escala o de grado ya que el yo que es tiempo propio es la propia ley, sin jerarquía ni grado dentro de la horizontalidad propia que le otorga la inmanencia. En la inmanencia nada es importante porque todo es importante en el sentido de que no existe el grado ni la escala, ya que solo hay cambio. Para que exista una escala un nivel debe de existir una estabilidad jerárquica, pero en el cambio, esa jerarquía es tan provisional que solo usa el papel de directriz del principio del cambio mientras cambia ella misma.

No hay estatus, ni hay patria, ni dios ni estado ni propiedad ni familia ni materia ni forma y a la vez lo hay todo dentro de la inmanencia del yo propio. Es el mismo yo el que establece lo que es importante para él, para mí. Importancia horizontal, densificaciones activas que le permiten establecer esa autonomía, la libertad de producir con la propia ley del tiempo propio.

El yo autopotente no se rige por la exterioridad trascendente o lo que hay fuera como normas que dirigen los proyectos de cada yo individual. Es el hombre completamente horizontal que comprende que la estructura del tiempo es el yo mismo. Es un ultrahombre que el punto de vista no es el valor en sí mismo que hay que trasmutar sino que la trasmutación como sí mismo es la ley que rige su autopotencia. El yo autopotente comienza cuando comprende que el tiempo solo lleva 15 generaciones apareciendo. Lo otro que se llama tiempo, el tiempo medido, el de la norma el tiempo monacal es la locura y la alienación del yo, oculto por la presión de la exterioridad de la normativa universal de lo que es otro.