EXTático

¿Ha perdido Occidente sus valores?

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas enero 26, 2012 @ 6:41 pm

No, al contrario, están muy vigentes los llamados valores de Occidente. De hecho, el mayor valor de Occidentes ha sido y es la fe. La fe en Dios hizo que Occidente armara a muchos de sus hombres para ir a apalear al infiel allí donde los hubiere. En la actualidad, hemos empleado todo nuestro desarrollo científico para que en nombre de la fe en la libertad, crear un sofisticado sistema de defensa de ella, para continuar apaleando al infiel a miles de kilómetros de distancia. Libertad, Dios, patria o economía son los valores prioritario de la fe y por la fe, y defenderla es el motivo principal por lo que hoy en día se mueve Occidente.

El significado del valor de la fe lo presentaba Parménides como la creencia absoluta en lo verdadero. Para él lo verdadero era el ser completo que llenaba los espacios de significación. Esos espacios de significación se convirtieron en interpretativos y cada sociedad, cultura, época axiomatizaba lo verdadero para ser presentado en la creencia y verdad absoluta, como valor de fe. En nombre de la fe en la patria, en la raza, en el proletariado, en la libertad, en el rey, en el Estado e incluso en la razón científica, se han arrasado sociedades y pueblos enteros. En la actualidad se continúa haciéndolo con mucha mayor sofisticación que antaño.

El valor es el principio de dirección del querer, de una acción que tiene un fin. Esta definición de valor equivale a una utilidad de dirección, una norma para que ese valor en sí mismo sea ejecutado por alguien. El valor va vinculado a la utilidad y se crea para ella. El problema, dice Nietzsche, es que se ha olvidado que el valor es una moneda que ha perdido el cuño y no se entiende como un utensilio, sino que se ha convertido en un dogma o una imposición por la fuerza de la costumbre. El valor ya no es algo consensuado para conseguir el fin de una acción conjunta. Es un axioma al que se le otorga un poder inusual, ya que quien lo usa, además de no comprenderlo, no intenta pensarlo, sino que se lanza en la dirección de intransigencia sin entenderlo como un espacio de significación que es la propia interpretación conceptual. De ahí que en realidad el valor es un concepto como espacio topológico de interpretación que puede ser construido y estructurado, para un conocimiento que permite realizar una función. Esta función muy bien puede ser consensuada por un nosotros, o quizá lo mejor, que puede ser construido por cada yo, usado, replanteado, reconstruido y vuelto a usar. De esa forma, pierde su significante dogmatizado, ya que es el uno mismo el que crea el concepto, y por lo tanto, el valor.

En realidad, lo que se ha perdido es que lo dijo Parménides hace mas de dos milenios y todavía no se recuperado. Los hombres solo ven en las palabras el significante, la palabra vacía y no el verdadero espacio de significación. Cuando alguien actúa en defensa de la libertad, en sí misma es una palabra vacía. Es sorprendente como los defensores de la libertad actúan con verdadera impunidad jacobina defendiendo este “valor” sin haber analizado su significancia. Lo mismo ocurre con todos aquellos que defienden palabras y no conceptos interpretados topológicamente. Estos conceptos son herramientas para la misma acción dirigida, pero delimitada y comprendida consensuada dialécticamente con uno mismo o con un nosotros.

Con el exceso de información y la cultura de superficie, lo que verdaderamente vale es el significante, ya que la velocidad adquiere mayor valor que la detención. La palabra vacía es preferible que sea un motor de por sí que estimule a la acción rápida, que no conlleve una comprensión en su significado. La gente no quiere calentarse la cabeza, en cristiano horizontal. De ahí que el valor siempre aparezca como dogma y ahora en mayor medida, ya que nos movemos en una cultura de superficie, el mundo patente de Ortega. Se olvida lo leído hace un instante. Por ese motivo, el valor como dogma aparece en los primeros años de educación y es muy difícil cambiarlo porque nadie se detiene a comprenderlo. Esa moneda a los cincuenta años no se ve ni el color del material de la que está hecha.

Entonces, hay valores, los que uno aprende en su infancia por diferentes modos y motivos. El problema es que estos valores, sean los que sean, adquieren un significado de dogma y no de conceptos interpretativos que pueden ser replanteados y utilizados. No hay trasmutación de valores, que en eso consistía el superhombre de Nietzsche. Nada de poderes especiales ni de élites aristocráticas aunque él hablara de ello. La élite consistía en la capacidad que tiene el individuo de cambio del valor, y mas allá, del principio del valor que es el concepto. Los valores solo sirven si son replanteados y cambiados en sí mismos. El concepto entonces se adapta al tiempo y este tiempo es la construcción de uno mismo, el yo del tiempo propio.

Estudio de superficies. Lo que no hay que hacer y no dejar pasar

Filed under: Ingeniería y Diseño — Gilberto Salas enero 22, 2012 @ 7:49 pm

Una de las partes mas importantes en el diseño actual es la creación de formas continuas dentro de las diferentes soluciones espaciales que se ofrecen. Muchos de estos diseños tienen diferentes superficies, con unas complejas uniones entre ellas, que son precisamente lo que hacen atractivos estos diseños. Decía Espinoza que el hombre no podía retener o intepretar todas las imágenes que existen, pero gracias a los programas informáticos, se pueden realizar multitud de formas, superficies e imágenes que pueden ser representadas en el ordenador para ser percibidas por nosotros.

Ello implica que las formas y sus superficies sean analizadas e interpretadas lo mejor posible. Así cualquier diseño que se realice de superficie, tiene que ser analizado, sobre todo los diseños que se realicen con plásticos, ya que es donde mayor expresión se le pueden dar a las curvas variables para componer mayor número de imágenes de superficies.

Para ello es preciso utilizar los programas de análisis gaussianos, de superficie o de curvatura para poder observar las oquedades, grados de discontinuidades o la geometría no progresiva que se pueda establecer en el diseño de plásticos o cauchos, por ejemplo para relojes. Aquí presento un ejemplo donde las curvas y las discontinuidades son manifiestas, ofreciendo unas superficies con una colorimetría muy variada y no homogénea, así como el análisis de curvatura con una geometría caótica. Este es un ejemplo de lo que no se debe hacer en diseño de superficies, ya que hay que examinar todas las superficies para poder modificarlas antes de cualquier tipo de prototipado.

PDF para alguien que deba de estudiar mas

El tiempo de la nada de Severino

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas enero 7, 2012 @ 10:46 am

Explica Severino que la alienación de la civilización occidental se encuentra en el interés por parte de la ciencia y la tecnología de que las cosas sean tiempo. Pensar el tiempo es pensar en la técnica como una producción de una cosa que viene de la nada y vuelve a la nada. Esta idea se basa en que para Severino el ser es completamente necesario y eterno, y por tanto, todo lo que vemos existe antes y después de que aparezca. El ser de las determinaciones, que son las cosas que existen y existirán siempre aunque hayan desaparecido. Por eso, para Severino el ser desde su punto de vista y como determinaciones plenas, es eterno.

Severino parte del primer principio de la metafísico de Parménides, que interpretado por él mismo, define que el ser es y la nada no es. Este primer principio implica que nada se puede crear de la nada o que alguna cosa pueda ser producida y fabricada desde el no es. Pero en occidente y desde Platón, todas las cosas que son materiales y determinadas, pasan desde su no ser, la nada, a ser cosa o ente. Por tanto, la alienación de occidente consiste en pensar que una cosa, que es un no ser o una nada, puede ser algo, destruirse y volver a ser nada. Esto es el tiempo pensado desde la técnica como producción de una nada. Es el tiempo determinado y medido mientras es ser. La cosa viene del pasado siendo una nada y su futuro es volver a la nada. Si la nada no puede ser pensada y ser dicha, entonces ¿cómo nuestro pensamiento puede soportar la gran contradicción de que la cosa a la vez sea una nada y ser? El problema es que la alienación del tiempo como nada escapa a nuestra conciencia, dice Severino, y la única solución es la vuelta a una filosofía de la necesidad, que en el caso de Severino es la nueva verdad establecida por el Superdios, pero esa es otra historia.

Lo interesante del pensamiento de Severino es que piensa que la alienación del pensamiento occidental es percibir el tiempo como una producción de cosas. Estas cosas pensadas sin comprender el verdadero sentido de lo eterno es estar enajenado, porque no se puede pensar en una identidad entre el ser ente de la cosa y el mismo ser nada en la misma cosa, como argumenta en la declaración de Parménides en cuanto el ser y el no ser o la nada no es. En realidad, Severino enfatiza el sentido de la separación radical entre el ente como ser de la cosa y el ser pleno que subyace a la cosa. Esa separación es el tiempo alienado de occidente. Según Severino, kronos en griego se pronuncia krinein que significa separar. La separación radical es el tiempo entendido como producción de la cosa, que fractura al ser pleno parmenídeo, y se aparta del ser lleno y eterno, como ente. Es una metáfora ontológica de la expulsión del hombre del paraíso del ser pleno y eterno, cuando este ve en el principio de contradicción la sabiduría. Comer del árbol del bien y del mal es percibir que las cosas son tiempo y que pueden ser nada. Por eso son desterrados y expuestos a vivir según sus reglas, las del tiempo de la nada, que son las de la separación del ser y por tanto que la esencia de las cosas puedan ser dominadas bajo la epistemología de la física, que es la medición de lo extenso como función.

Aunque la interpretación de Severino parte también de la base de que un no ser es un ente, Parménides no se refería a un ente como cosa sino que con su frase interpretaba que el ser en efecto es y no es en ningún dónde. A lo que se refiere Parménides es que el ser no es ningún lugar o extensión que se pueda pensar sino mas bien un modo de ser pleno. Pero al hacer Severino hincapié en que en la misma frase un ser puede no ser, sí que capta el concepto de separación original que domina la epistemología moderna y la identifica como tiempo en cuanto el dominio de las cosas pasa a ser un dominio de la función científica, que no es otra cosa que la medición. Si existe algo absolutamente medido es el tiempo de la nada, que es el tiempo tal y como lo entendemos hoy en día, como número en movimiento. Por lo tanto, tal y como concebimos hoy el tiempo de una manera tan absolutamente medido y extensivo, se comprende, según Severino, que sea el tiempo de la nada como máxima alienación de nuestro pensamiento occidental. Pensar las cosas y percibirlas separadamente es comprender el tiempo como un número, que sería la base de nuestra locura porque todas las cosas no estarían en el ser pleno, sino que serían cosas, objetos de realidad física para una representación, el fantasma. El tiempo medido es el fantasma de la nada que pretende manifestarse y solo lo logra en nuestra locura de trasformarlo en un absoluto a través del reloj como su medición. Medir la nada es la enajenación que nos subsume en occidente. Percibir extáticamente es entender el yo plenamente, sin separación primordial, de un modo denso.

Yo ya no leo libros

Filed under: Etcétera,Filosofía — Gilberto Salas enero 6, 2012 @ 1:15 am

Sino que interpreto textos. Cualquier texto, frase, palabra, concepto o proposición se presta a una interpretación propia del Libro. EseLlibro que es el pensamiento del hombre desde que Parménides explico que todo lo que es pensado, percibido y hablado equivale a lo que subyace plenamente. Es el espacio de significación del límite entendido como actividad del conocimiento en cuanto este es inmanente.

Un libro equivale a una fragmentación del pensamiento, en cuanto se abarca para una función de conocimiento trascendental y positivo, o lo que es lo mismo, desde lo medido. El mismo formato del libro es una separación. Es un bloque cuyo aspecto sugiere el de un objeto extenso, con unas dimensiones, que almacena un trozo de conocimiento sea del tipo que sea. En sí mismo tenerlo en las manos en comprender que la realidad es física, extensa, material y dimensional, con lo cual es muy difícil extraer de un objeto extenso el concepto de “plenamente subyace”. Un adverbio acompañado de un verbo que responde a la pregunta ¿cómo? más que a la pregunta ¿qué?

Por ese motivo lo libros no me solucionan ningún problema que plantee desde la pregunta ¿qué? Bergson decía que no existen problemas sin solución sino que existen problemas mal planteados. Todo el conocimiento de la realidad actual se bosqueja con la pregunta ¿qué? El qué supone un sujeto muchas de las veces sustantivado que pregunta por una respuesta en acusativo que equivale también a una cosificación de la respuesta. La pregunta por el qué equivale a lo extenso de la realidad, y por tanto, se busca el conocimiento del objeto en sí, esa búsqueda de la cosa en sí kantiana, el fantasma. Entonces buscar en los libros la respuesta del qué me conduce al fantasma.

Otra cosa es plantear el saber desde el punto de vista del cómo. A la respuesta de esta pregunta conduce a interpretar un texto, una palabra dicha por alguien, una conversación, un intercambio dialéctico o un blog de ecología por ejemplo. Interpreto lo que dicen en el afuera para comprender el adentro. La respuesta al cómo es intensiva y no extensa, con lo cual el límite del significado es “plenamente subyaciente” en cada interpretación de la densidad, en cuanto es consistentemente. Pensar intensivamente significa que la separación de la cosa, del objeto es un problema mal planteado, ya que ni responde a la pregunta del qué. Ese pensamiento parmenídeo es el cómo como “planamente subyace”, ya que si le colocamos el artículo se convierte en objeto como la mismísima nada de Heidegger. Por eso, es imposible comprender el pensamiento de Parménides desde el punto de vista de lo extensivo. Entender que el ser es una esfera es interpretar el espacio como forma geométrica o extensiva del pensar, y eso está muy lejos del pensamiento de Parménides.

¿Se puede explicar “subyaciente pensamiento” en un libro de materia dimensional extensivo? Por ese mismo motivo no se puede entender que para Parménides no exista el movimiento ni el espacio ni el tiempo sino que son determinaciones de lo que no se puede pensar porque es “pleno significar siendo” Otra manera de pensar puramente intensidad. Quizá Heidegger sustantivó en exceso el ser que hemos sido incapaces de ir mas allá o más acá y entender la esfera de significación activamente-limitantemente.

Cuando alguien me dice que lee muchos libros y que se interesa por el conocimiento, solo percibo infelicidad, la infelicidad del que nunca alcanzará una respuesta. Ya decía Espinosa que la tercera vía del conocimiento era la intuición, que consistía en conseguir la felicidad gracias a la relación de todas los modos del mundo. Era comprender lo que subyace en su realidad, que era la sustancia. Una forma de inmanencia pero no plena, ya que a pesar de todo, lo real como naturaleza y sustancia era pensamiento y extensión.

Un libro es una barrera que separa y fragmenta la inmanencia. Es una membrana impermeable, que por sí mismo rompe el aprender. Otra cosa es el texto que se interpreta por cada uno de nosotros en cada momento del tiempo nuestro porque no hay otra clase de tiempo. El tiempo es propio y puede ser sustantivado como sujeto objeto conceptualizado que soy, pero más allá es una medida y eso es lo extenso, y por tanto, “no-subyaciente vacío”. El tiempo medido es el principio de la separación y lo fragmentado, la ruptura de lo pleno.

Con esto, la filosofía cambia su alcance y su objetivo, que no tiene ninguno en el conocimiento del qué. Preguntas sobre qué es el hombre, quien es Dios, qué objetivo tiene el existir no tienen ningún sentido porque solo pueden ser explicadas desde el punto de vista del libro, de lo material extenso cosificado trascendente. Problemas sin solución explicaría Bergson. Otra cosa sería responder al cómo. La respuesta al como es intensivamente, extáticamente, pensativamente, plenamente, significativamente, en definitiva, de cierta manera, a mí manera como explica un texto que se oye, se percibe y se escucha con una armonía musical. Por eso, a la pregunta por el cómo hay que percibir la respuesta sería interpretativamente en los textos del único Libro, el de la verdad bien redonda, “plenamente subyaciente”

La autonomía es el hacer y el conocer del yo. La membrana

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas enero 3, 2012 @ 9:23 am

La palabra autonomía describe una situación donde lo mismo se rige por la ley que es propia. Cualquier cosa que se afirme que es autónoma significa llanamente que no depende de nadie en relación a determinadas cosas. Maturana y Varela explican que ser autónomo es una condición del ser vivo junto con la capacidad de autoproducirse. Los seres vivos son unidades autónomas en el sentido de que son capaces de especificar lo que es propio de ellos, explican los científicos chilenos. Explican que lo que verdaderamente define a los seres autónomos es su organización autopoiética, donde ellos mismos son capaces de realizarse. Esto implica que una unidad que es capaz de autoorganizarse y autoproducirse significa que ser y hacer son inseparables y que en su pensamiento de una epistemiología basada en lo biológico, por lo que todo hacer es conocer y todo conocer es hacer.

El hombre nace de una célula que se autoorganiza y se autoproduce a partir de unos modelos genéticos que la transforma a un estado multicelular. El hombre es una gran membrana que está organizado por un núcleo que es el cerebro. El cerebro contiene la misma función que el núcleo celular, que es organizar las diferentes funciones de las célula y que está rodeado por una membrana. Esta membrana es la que actúa con el medio ya que no es impermeable, sino que permite el paso de los diferentes iones que son necesarios para la función celular. Esta membrana contiene un potencial plasmático, que es capaz de ese intercambio con el medio, permitiendo un continuo cambio de transformaciones reguladas por el núcleo en el interior de la célula. Si nos basamos en la idea de Maturana y Varela que los conceptos de lo vivo como epistemología son extensibles a una manera del conocer, ser autónomo en el hombre correspondería a un sistema unicelular, que es capaz de autoorganizarse y autoproducirse como una unidad sistemática individualizada. Ello equivaldría a que el hombre es un ser vivo unicelular que estructura y organiza diferentes transformaciones dentro y fuera de su membrana.

El hombre es un ser unicelular que es autónomo y autoproductivo. La autonomía empezaría a definirse en el hombre individual a partir de su autoorganización y autoproduccción. Por ello, es capaz de autodeterminarse y eso es un principio de individualidad al que llamamos yo. Yo soy capaz como un potencial de membrana de autolimitarse y organizarme según mis propias normas y mi propia ley. Por tanto yo o el yo es autónomo o tiende a la autonomía, siendo libre en cuanto soy consciente de ello. Ese yo que se autodetermina sí mismo y por lo que determina y se organiza Fichte lo llama fuerza. La fuerza es la capacidad, el potencial de membrana, para ser organizativa y que el yo se pueda limitar y estructurar a través de su vida. Es la forma que tiene el tiempo en expresarse como yo mismo. Si domino el tiempo podré regirme por mis propias leyes, autodeterminarme y ser autónomo, ya que es la fuerza de mi propia autoorganización, producción y libertad. Lo contrario es ser dependiente, y estar sometido y subyugado a lo que no soy yo. Para ser autónomo habría que usar esa fuerza, esforzarse, en conocerse y hacerse a sí mismo, al yo propio a través del tiempo de uno mismo. Ese sería la función del hombre unicelular, hacerme yo y conocerme a mí mismo.

El problema es que muchos piensan que el yo no existe y que en realidad es el otro, lo de afuera que introduce esas leyes por las que se tiene que regir esa unidad sistémica que es el hombre. Según ellos, el hombre cuando nace está completamente desprotegido y depende del otro para sobrevivir. Esto conlleva a que introduce un mensaje externo dentro de sí mismo, y por tanto todo lo que es se lo debe al otro, definiendo al yo como lo otro. Si esto fuera cierto, la telepatía sería un hecho ya que siempre sabríamos lo que piensa el otro porque soy yo, pero solamente lo intuimos y la mayoría de las veces desacertadamente. La membrana del hombre unicelular transforma los enunciados, el lenguaje del otro y lo interpreta propiamente, por lo cual no se puede decir taxativamente que el yo es el otro. Además, como ser vivo el hombre tiende a la autonomía y esa solo lo puede ofrecer el yo que se autodetermina y autolimita dentro de la membrana, que a la vez interactúa con el medio.

El conocer es una función del núcleo, pero es un hacer gracias al potencial de la membrana del hombre unicelular. La membrana sugiere separación y limitación, pero en un medio donde se interactúa como es la capacidad que tiene la membrana por sí misma de actividad, entonces el término de limitación sugiere impulso o tendencia. Esa tendencia, sería interior en cuanto existe un potencial interno de transformación que se dirigiría al conocer en relación al núcleo y una tendencia exterior como potencial externo de transformación hacia el medio, que es la actividad plena y el hacer. El potencial de membrana del hombre unicelular es lo que hace posible el conocer y el hacer. Así, el hombre individual, que tiende a la autonomía por el yo, es posible gracias a la membrana, que no es limitación ni separación sino actividad del hacer y del conocer.