EXTático

La superación de la culpa a través de la composición

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas agosto 30, 2011 @ 7:25 pm

Hace algún tiempo se publicó en el blog un análisis sobre la culpa donde la conclusión final era que la culpa no sería un consecuencialismo como esgrimen el cristianismo, Marx, Freud, Nietzsche. La culpa sería propia de cada acto sin derivación a un castigo, ya que no se relaciona con el pecado sino con la estasis del tiempo, que impide desarrollar las acciones en cuanto se convierte en remordimiento. La culpa es una detención de la actividad y del movimiento de un cuerpo, que impide la comprensión de la temporalidad extática. Cualquier decisión equivocada o no se debe de relacionar con la acción y no con el mal moral o el pecado del que se expía con un castigo, sea como remordimiento, penitencia, pena, inercia, detención, etc. Por ese motivo es el error posible cometido que se puede subsanar por la experiencia y por la acción. La culpa comprendida como estasis temporal solo tiene consecuencias en la imposibilidad de producir acciones posteriores, ya que ésta bloquea la comprensión del tiempo como posibilidad de subsanar los errores de las acciones elegidas. Esto conlleva a la detención de un proyecto de vida en cuanto la culpa incide en el yo propio responsable de la elección, y por tanto, de la actividad que equivale a la libertad en cuanto es posibilidad, que en el caso de la estasis de la culpa es imposibilidad.

Como problema de un proyecto de vida, la culpa es la negatividad del ser-ahí o del hombre que no puede elegir nada más que una opción dentro de las muchas que puede elegir, ya que una excluye a la otra. Dice Heidegger en Ser y Tiempo que el hombre es un proyecto de vida, pero que no es dueño de este por la negatividad del mismo, ya que la libertad solo accede a una posibilidad excluyendo a muchas posibles. Heidegger plantea la solución del problema como parte de la existencia negativa del proyecto de vida del hombre, donde la culpa es irremediable como parte de su comprensión del tiempo. El problema entonces se remite a comprender que la culpa es no poder elegir muchos mundos posibles y solo hay que vivir uno.

Esta idea la plantea Leibniz o más bien soluciona el problema sin esbozar el problema de la culpa, ya que para Leibniz cualquier elección equivocada o no, es la mejor dentro de todas las posibles. Por tanto, no hay culpa si no hay ni pena ni remordimiento ni negatividad, ya que la elección está determinada por la confluencia armónica de todas las decisiones posibles que confluyen el mejor de los mundos posibles. Este determinismo no es un apropio conocido, sino que la acción en sí es la conveniencia de todas las acciones universales a través de la contigüidad de la monadas. Las mónadas encierran todas las posibilidades y atributos posibles, con un punto de vista diferente cada una de ellas, pero que están en conveniencia armónica entre ellas. Las mónadas, donde cada alma tiene una mónada principal que trabaja como guía, son capaces de establecer un mundo posible, el mejor de ellos por cada elección, ya que no tienen percepción de lo exterior, sino que actúan por un principio interno de armonía preestablecida que determina la mejor elección, adecuada o no, para el mejor de los mundos posibles por conveniencia. Lo mejor en Leibniz no sería lo más bueno posible sino lo que se puede componer a partir de la posibilidad de las sustancias, y eso en sí mismo, es una necesidad de expresar el mundo. La solución al problema de la culpa es que no hay problema, ya que la posibilidad de elección se transforma en una posibilidad de composición, de un mero hacer posible la acción, y por ello determinada. Asimismo, la libertad deja de ser una actividad para situarse en el marco de la composición de un mundo posible, armónico, que sería la expresión del Dios leibniciano.

En realidad, la culpa es la percepción dolorosa de un sentimiento de limitación de la libertad como actividad del Yo puro, que es ilimitada, en relación a un yo propio como mí mismo que ve limitada su propia actividad, con lo cual vislumbra su restricción creadora. En este aspecto, no se trata de elegir una posibilidad sino de no poder componer todos los mundos posibles. El yo propio es más que un proyecto, es un creador de su propia realidad. Si Heidegger explicaba que el proyecto no dependía del ser ahí por la imposibilidad y negatividad de una sola elección, la culpa como sentimiento de limitación de la actividad creadora es más bien de composición de una sola realidad. Pero si mientras Heidegger aboca a una sola posibilidad de elección, la estructura de una realidad puede transformarse en otra, ya que la superación de la culpa así entendida consigue construir otra realidad propia, subjetiva, donde el error y la mala elección pueden ser superadas por el yo propio que la compone a través de su propia libertad. Así, la superación de la culpa se establece no por la libertad de elección que aboca a una negatividad por la imposibilidad de elegir otras posibilidades, sino por la libertad de composición. Se organiza una nueva interpretación del mundo propio, que ya no es solamente posible sino más bien composible, pero no desde la determinación de una armonía preestablecida que depende de la conveniencia. Es una composición real que procede del yo que interpreta su propia realidad a través de sus constructos.

El problema de la culpa ya no se plantea entonces desde la acción como elección ni de la producción sino más bien desde la construcción creadora de una nueva realidad interpretada por un yo propio, que supera la estasis temporal de la propia culpa. La perspectiva de un yo destructor/constructor permite variar la interpretación del error en experiencia creadora, para dar cabida a una reestructuración que implica a la espiral del tiempo como anábasis o involuta de destrucción de significados. La anábasis como retroceso para arreglar cuentas consigo mismo es una idea de Ortega, mientras que sumada a la Dekstruction de conceptos y significados en Heidegger permite romper el significado equívoco de las proposiciones culposas para superar y construir nuevos significados reinterpretados de esas proposiciones en esa nueva visión de las circunstancias que rodean al yo propio, responsable de sí mismo y expresión del Yo puro. Un Yo puro que en sí es la libertad más completa e ilimitada, que ya definió Fichte en su Doctrina de la ciencia.

La idea es que la superación de la culpa no proviene de pensarla desde el punto de vista de la elección como sucede el pensamiento cristiano, Heidegger, Nietzsche o Marx, sino en la idea de Leibniz de los mundos posibles evolucionada no por conveniencia y armonía, sino donde el yo propio construye su propia realidad a partir de ser limitación y composición de toda la actividad del Yo puro, ser respuesta de sí mismo a través de la construcción de su propia realidad.