EXTático

¿Por qué los chinos dominarán el mundo?

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas marzo 28, 2011 @ 8:58 am

Explicaba Spengler en La decadencia de occidente que China era la próxima civilización que dominaría el mundo. Occidente, según Spengler es una civilización faústica, en declive, debido al intento de alcanzar lo inalcanzable. En cambio, la civilización china está en una fase de desarrollo, en primavera, donde la unidad y la abundancia, cierto feudalismo o centralismo estatal le otorga la fuerza del despegar de una civilización.

La intuición más clara que tuvo Spengler con el pueblo chino fue la comparación que realizó con los alemanes con respecto al trabajo. Decía Spengler que el máximo rasgo que hay que plasmar con respecto a la actividad como virtud, no es una pose, un ademán o una actitud de comportamiento sino el trabajo. Para Spengler, el trabajo no supone pensar en el futuro de la incertidumbre que pudiera contener las sociedades faústicas occidentales en decadencia, sino el trabajo de por sí, lo meramente hecho por ser actividad de un pueblo emergente.

Bajo esta perspectiva, el análisis de la sociedad china derrumba cualquier propuesta que compare el pensamiento occidental de productividad y trabajo con la sociedad china. Actualmente se habla mucho de que España debería de aumentar su productividad, su capacidad de innovación, trabando más y esforzándose en la educación continua. Pero desgraciadamente en nuestros arquetipos colectivos, la forma de ver el trabajo como acción puntual de presente es encarada a un futuro muy próximo, es decir, solo se trabaja para ganar dinero cuanto antes mejor. En segundo lugar, la educación y la formación no ha sido nuestro fuerte, ya que siempre nos las hemos apañado sin ningún tipo de cultura, y si se tiene es para conseguir un título y ganar dinero, no para el desarrollo del ser, desde el punto de vista profesional.

Los gobernantes chinos se han dado cuenta de esto y comprenden que la gran diferencia que existe entre occidente y su pueblo es la fuerza de trabajo, como lo intuyó Hitler en su momento a partir de la lectura de la obra de Spengler entre otras. Hitler instauró el patrón trabajo en su economía, que no era otro que financiar a las empresas que contrataban trabajadores, siendo estos el activo como capacidad de trabajo. La fianza para un crédito era la fuerza laboral y no el piso, el coche, el dinero en el banco o cualquier tipo de activo material, propios de la sociedad decadente, según Spengler. Hitler confiaba ciegamente en la fuerza laboral del pueblo alemán y con eso quiso conquistar el mundo. No lo consiguió, pero los chinos han aprendido la lección, que para conquistar al mundo no es necesaria una guerra, sino dirigir la fuerza laboral y la capacidad de trabajo del pueblo chino en una dirección, la máxima productividad.

En España nuestra meta es la máxima productividad instantánea con el mínimo esfuerzo. Por eso, nuestros héroes son los del pelotazo, los que se han hecho ricos porque fueron “listos” en realizar alguna operación que los benefició de un modo inmediato. Esa postura es habitual en una cultura donde el pan había que ganarlo con el sudor de tu frente, y por tanto, el trabajo estaba estigmatizado. Hasta hace bien poco, la sociedad y el pueblo español quería imitar a los señoritos del dolce far niente, que en muchos aspectos ya lo conseguía. En el fondo, esa manera de pensar ha quedado grabada como arquetipo colectivo en el pueblo español, observándose en el debate sobre el tema de las pensiones y en el retraso de la edad de jubilación, cuando lo que se debería de estar debatiendo es el modo de alargar la edad del retiro, para poder trabajar el máximo tiempo posible, mientras exista capacidad vital.

El problema  es que esta manera de pensar se está extendiendo por toda la civilización occidental, tanto en la mediterránea como en la anglosajona. Los alemanes están deseosos de terminar su vida laboral para disfrutar de su trozo de Mallorca, así como los ingleses, suecos y noruegos. En cambio, a los chinos solo les preocupa que sus hijos y ahora también sus hijas, les puedan atender cuando ellos dejen de trabajar por impedimento físico y no porque exista una edad de jubilación.

El futuro que les preocupa a los españoles es cuánto voy a ganar esta semana y a ver si me jubilo con 55 años con el salario completo. Mientras que en la cultura asiática, la manera de encarar la profesión y el trabajo empieza de un modo renovado a los 60 años, aquí debemos de estar en Benidorm, disfrutando de nuestro “merecido” descanso ya eterno. Esa manera de pensar se está generalizando en la civilización occidental y lo han comprendido los chinos. Por eso pretenden conquistar el mundo por las ganas de trabajar de su pueblo.

Así, los chinos dominarán el mundo por el trabajo y no por la armas ni por las virtudes ni por la tolerancia ni por los valores que pensamos imprescindibles dentro de nuestra sociedad occidental. En un pueblo como el chino donde se hablan muchos dialectos, no es importante si en el parlamento se habla catalán o valenciano, si hay que abrir viejas heridas de luchas fratricidas o apoyar a los masturbadores de Extremadura. Lo importante es el trabajo y que todo el mundo se desarrolle gracias a este, ya que el trabajo es su ser como pueblo. Si desde lo mas profundo de nuestra propia alma eso no lo entendemos, que tenemos que trabajar más, sea en lo que sea, sin echar las culpas al Estado o al otro, los chinos serán los dueños del mundo o puede que sea demasiado tarde.

Filosofía del diseño

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas marzo 16, 2011 @ 8:02 am

La filosofía del diseño se plantea desde un principio con una perspectiva hermenéutica, y por tanto, de interpretación de conceptos. En realidad el diseño desde una interpretación hermenéutica es una actividad conceptual. Así, la palabra diseño significa trazo o dibujo de una figura. La etimología de la palabra diseño proviene primero del italiano disegnare y esta proviene del latín designare que significa marcar, delimitar. Se usaba el arado para delimitar la ciudad por ejemplo urbem arado designo. La ciudad se diseñaba como un límite cerrado. El límite en latín era el término, lo que se marcaba y esto equivalía a concepto.

Desde este punto de vista, el diseño es el límite, el término o el concepto. Es la marca o el trazo como concepto tal y como lo plantea Ortega en La idea de principio en Leibniz, procediendo del latín terminus, lo que se señala. Es un terreno acotado, delimitado como la ciudad, donde las señales como terminus eran los mojones que separaban los campos y la propiedad de cada cual. Concepto y propiedad como término van unidos en cuanto son marcas delimitadas sobre la tierra, la base material o el fundamento del concepto. El concepto limita la materia desde la propiedad. Esto quiere decir que el concepto delimitado adquiere el sentido de propiedad como singularidad individual. La idea de límite como propiedad es una singularidad que debe de ser interpretada desde el punto de vista de Aristóteles para definir el límite como singularidad. El primer sentido del límite como singularidad en Aristóteles es el trazo propio desde la misma figura no en el hombre que la mira. Por eso, explica Bacon que los diagramas, los trazos están todos en el lienzo a marcar, porque en su primera significación la representación limitada de la marca, del diseño, nunca está en el hombre. El hombre es el que plantea extraer desde la materia esos límites propios de la figura para señalar una singularidad, una forma singular. Por otra parte, el límite para Aristóteles es un principio de movimiento que tiende a definirse como propiedad o sustancia o ser dentro de su misma actividad con un fin esenciante. Quiere decir, que el señalar define una forma una marca o un concepto que por sí mismo tiene un significado que le es propio. El concepto se limita en el diseño, en el marcado del signo. Es un límite, un signo de conocimiento.

Continuando con la idea de Ortega, la señal o el diseño para nuestra interpretación de su filosofía equivaldría a término y este es un pensamiento acotado, según Ortega, equivaldría al concepto. El concepto o el logos es una idea o un pensamiento acotado por la mente de un individuo, dentro de un cierto fenomenalismo. Término es una garantía de propiedad de un hablante o un pensante donde sería ese pensamiento acuñado, acotado, señalado o dibujado que es el diseño. El diseño es el concepto que se plasma en cuanto es un dibujo, que cuando se traza en el lienzo y permanece en su estructura formal es un icono del concepto. Por ese motivo es muy difícil de apartar la idea de concepto con una individualidad que construye, que le otorga significancia al trazo y que para Deleuze esa subjetividad es histórica y universal pero dentro de esta filosofía hermenéutica del diseño es el tiempo y este es el yo propio. Ahora bien, ¿qué es el concepto?

El concepto es un constructo que se limita por y para el conocimiento, y por lo tanto, es parte de una función dentro de una epistemología o una metodología. Como constructo limitado es una forma que contiene dentro de sí una materia, una matriz o un espacio topológico, que procede de esa materia que se ha vuelto significado a través del trazo o límite producido como función formativa/informativa de conocimiento. Se ha trasformado en un signo, un icono a través del diseño o de la delimitación. El diseño limita la forma de la materia construyendo la marca, señalando el signo y formando e informando del icono. Eso es la equivalencia entre diseño, signo, concepto e icono. Ahora bien, el concepto es interpretativo, y por tanto, pertenece a un individuo a un yo, que lo construye en una realidad virtual cuando es idea acotada y materia cuando la forma es la realidad limitada del concepto actualizada. El icono es la realidad formal actualizada que sería el diseño en cuanto es virtual/actual. Mientras que el diseño es un concepto este es real pero virtual, el icono es la realidad actualizada del concepto, porque es su signo, la marca trazada de la forma virtual como concepto materializada y actualizada en un campo de delimitación propio. Por ese motivo mientras que el diseño es limitante y significativo, singular y puntual, la expresión del icono es contextual, universal, proyectivo, relacional, en cuanto traspasa el límite de su significado de un modo contiguo, continuo y de no/separabilidad. El icono puede ser histórico de formas y de significados, y por lo tanto, deviene en el contexto.

La falta de curiosidad del español

Filed under: Hora Española — Gilberto Salas marzo 12, 2011 @ 1:47 pm

Dice Ortega en España invertebrada que uno de los grandes defectos del español no es la envidia ni el tan cacareado individualismo, sino la falta de curiosidad por lo que hace el otro. Toma como ejemplo a la sociedad francesa para explicar este peculiar defecto de nuestra gente. Ortega explica que todos los franceses están al tanto de lo que sucede en cada rincón de su país, participando de ello tanto el francés del norte como el meridional. En España, por el contrario, somos muy provincianos, más bien aldeanos diría yo, mirando hacia nuestra propia tierra, ciudad o pueblo, abstraídos de lo que sucede en el resto de las comunidades. Ello conlleva a producir una sociedad disociada, nada elástica y sin estructura. El localismo del español, lo hemos vivido todos en nuestra infancia incluso cuando se subrayaba que España era Una. Comprobábamos que las Españas eran muchas cuando íbamos a pelearnos al pueblo de al lado, porque se llevaban a nuestras chicas o por cualquier motivo nimio y sin llegar a conocerlos durante toda la vida. Los del otro pueblo no pertenecían a nuestra sociedad localista.

Ahora bien, si España es una sociedad de disociados, como explica Ortega, es debido a esa falta de curiosidad del español por saber algo del trabajo del vecino, y por supuesto, de más allá del pueblo o de la provincia. En su comparación con la sociedad francesa explica que allí un militar se puede acercar a un escritor y saber algo de su obra, y este mismo escritor estará al tanto de las campañas del militar en el Sahara o en Siria. Lo mismo ocurre con todo tipo de oficios. Por ejemplo, el industrial, figura tan vilipendiada en nuestra sociedad española, será reconocido por sus mismos obreros y valorarán su trabajo dentro de la colectividad y viceversa. El industrial estará al tanto de lo que fabrican sus obreros, de su cometido y lo mantendrá en alta consideración, por ese interés y curiosidad que abriga el francés para todo oficio dentro de la sociedad en que habita. Todo lo contrario que en España dice Ortega, la falta de curiosidad innata en el español y del interés por lo que la labor del prójimo nos puede enseñar, convierte al español y a la sociedad española en una serie de compartimientos estancos, todos ellos separados sin conexión e interrelación, transformando a España en ese país de disociados. Al militar español le da exactamente igual lo que suceda fuera del cuartel, al industrial mientras más lejos del obrero mejor y el obrero solo está pendiente de cuánto y de qué manera le explotan para exigir más derechos para tomarse el bocadillo tranquilamente y alcanzar la jubilación con el salario completo, sin interés por nada de lo que sucede más allá de la máquina.

La falta curiosidad del español por la labor del otro no significa que pase desapercibido ante su mirada. En la actualidad lo que prevalece es la curiosidad por el poder de la gente que tiene dinero. Ortega no vislumbró la importancia que supone para los españoles el poder del dinero en la misma sociedad disociada y localista del tanto tienes tanto vales. Ortega explicaba que el español no era un ser propiamente dirigido a obtener el poder social a través del dinero, ya que pensaba que en otros países era mucho más grande. Claro que cuando publicó España invertebrada no habíamos padecido una guerra, que grabó en el inconsciente colectivo la necesidad de sobrevivir, y eso solo lo proporciona el dinero en nuestra sociedad actual. Lo que ha ocurrido es que la falta de curiosidad se ha transformado en necesidad por la supervivencia, y por ello, el español vuelca su interés en el vecino que gana dinero, ya que solo tiene como muestra el ámbito local, su entorno más próximo por su espíritu provinciano.

En España no se admira el trabajo del otro por la labor que desarrolla en la sociedad sino más bien por lo que gana. Ello conllevará a que intente desarrollar la misma ocupación del próspero vecino para ser reconocido por la sociedad local, ya que más allá no existe el mundo. Por ejemplo, si el vecino tiene un bar que funciona, el español pensará “si este tío gana dinero y yo soy mejor, ganaré mucho más si monto otro” Así, España es el país que mas bares tiene por metro cuadrado solamente por el hecho de que el interés y la curiosidad del español se centra en el ámbito local y no busca nuevas expectativas en otros lugares. Este ejemplo se puede extrapolar a todos los niveles y oficios de la sociedad española. Si los dentistas les va bien, todos dentistas aunque sea con cursos de fin de semana y uno por habitante, si los taxistas ganan dinero todos taxistas y si para trabajar hay que tener un título todos titulados. Esa es la verdadera falta de curiosidad del español, que no existe interés por lo que sucede más allá de lo que sucede al vecino, y este es la guía por la se que rige nuestra vida, la de un localismo exacerbado hasta tal punto que ahoga nuestra imaginación. Si a esto se acompaña el miedo a la novedad innata en el carácter del español, nos enfrentamos a una sociedad disociada, provinciana, tradicional en exceso y localista, incapaz de atreverse a afrontar los retos que plantean los problemas de la actualidad, dejando en manos de los políticos lo que debería de hacer la propia sociedad. Mientras no cambie este pensamiento y esta manera de ser, la frontera de Europa empieza en los Pirineos.

El espacio de Parménides es el significado

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas marzo 8, 2011 @ 7:27 pm

El espacio en Parménides es que no hay espacio. Este concepto ha sido ligado con el de lugar en la antigüedad, aunque su expresión es el espacio físico infinito que proporciona las dimensiones donde se encuentra un objeto, su realidad física. Las tres dimensiones o ejes de coordenadas ubican al objeto en el espacio, que lo separan de un continuo siendo por ello medible, como el tiempo. El espacio físico de un objeto coincide con las tres mediciones lineales del espacio en que se sitúa ese objeto.

Ahora bien, para los griegos antiguos, y sobre todo en Parménides, ese concepto de espacio no existe en cuanto coincide con una medición dimensional de un objeto, ya que a eso no se le llama espacio, ni lugar, ni sitio, sino que más bien pertenece a la idea de lo extenso. El problema es que este concepto de lo extenso asociado con los pitagóricos que creían que su materia eran las figuras geométricas y sus formas los números, se ha llegado a la conclusión de que el espacio se concebía tal y como nosotros lo entendemos, pero es más bien la extensión como magnitud.

Parménides fue el primer metafísico puro que desarrolló un pensamiento profundo sobre todo lo que es y existe. Para este filósofo presocrático, decía que el ser es y el no ser no es, que el ser es pensar y decir, que no se puede expresar nada que no esté dentro de este principio metafísico. Señalaba que todas las percepciones que poseemos son apariencias y se hallan entre la verdad y la falsedad de las conjeturas, siendo una verdad (el no/olvido) bien redonda, que es el ser. El ser es uno, limitado, pleno, perfecto, como una esfera bien redonda tal y como describe la verdad del no/olvido. Así, esfera y verdad pasan a ser sinónimos dentro del pensamiento de Parménides, donde el ser como pensar y hablar es limitado, como la verdad de una esfera bien redonda. Claro que ese límite no es espacial, ya que no existía el concepto de espacio, y por tanto, habría que encontrar una interpretación a lo limitado en Parménides que no fuera dimensional.

El límite era comprendido por cuatro apartados, magnitud, término, sustancia y conocimiento en Aristóteles. De esos cuatro significados perduran los dos primeros en el lenguaje moderno, el de magnitud y el de término. El de sustancia es puramente aristotélico. El de término como fin de una actividad no entra dentro del pensamiento de Parménides, porque los eleatas decían que el movimiento no existía. La magnitud en el ser es uno, que es la explicación que se le ha dado al ser de Parménides, confundiéndole con dimensión. Pero queda el conocimiento. Para Parménides lo limitado es el conocimiento, es decir, que todo lo que es pensado y dicho es conocimiento, cuya verdad plena se parece a una esfera. Esfera que por otra parte se refiere a las propiedades de perfección, plenitud, uniformidad y homogeneidad. Ese es el espacio de Parménides, un espacio de significación, cuya ubicuidad está en el lenguaje expresado por el pensamiento.

Por ese motivo dice el mismo Parménides que la gente ha olvidado lo que es verdad, que sería entonces un espacio como ser de significación y no de representación objetiva de las apariencias. Si la percepción es una conjetura vacía, que es solamente una figura o un aspecto morfológico, indica que todo lo visible interpretado desde lo extenso no tiene significado, y por tanto, no tiene espacio al no ser un límite de conocimiento.

Estas ideas han sido recuperadas en parte por la fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty con su espacio salvaje de significación, que es lo que llama espacio topológico. También Heidegger ha postulado su ser en base a la verdad como no olvido, donde la percepción es la del ser pensado en la existencia. Quizá estas reflexiones son para comprender que nuestro modo de pensar se basa en la medida. Medida que por otro lado nos aleja de la verdad tal y como explica Heisenberg en su principio de indeterminación. Si no podemos nunca alcanzar la verdad a través de la magnitud, una expresión del límite, ¿por qué no puede ser posible buscarla en el espacio de significación que es todo lo que se pueda pensar? Esta idea conduce a que cualquier camino epistemológico conlleva la verdad como no/olvido, es decir, la comprensión de que el espacio donde nos movemos, existimos, nos relacionamos, no es un espacio dimensional de medición, sino es espacio de significados que toma forma a partir de la plenitud del ser/pensar/lenguaje que ya propuso hace más de dos mil años Parménides como principio de la metafísica.

¿Por qué no cambiamos los españoles?

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas marzo 2, 2011 @ 9:15 am

Enrique Gil Calvo dice que nosotros hemos nacido para cambiar. La necesidad de construir identidades elásticas y flexibles, nos condiciona a una adaptación al entorno laboral y familiar durante el trayecto que es la vida. Esa idea del cambio va pareja a un principio de identidad, que no se substituye y que permanece constante para ser uno mismo, lo cual le lleva a formular el concepto de educación continua. Esto se basa en que hay que educar a nuestros hijos, explica E. Gil Calvo en su libro Nacidos para cambiar, desde la cuna a la tumba para que basen su aprendizaje en el cambio con un control de su esencia personal. El problema es que si se lee lo que escribía Ortega a principios del siglo pasado, nos daremos cuenta que el español apenas ha evolucionado en lo esencial. Si bien es cierto que a nivel de creencias religiosas o sociales la sociedad española se ha renovado, no lo ha efectuado en esencia, por un puro y simple miedo al cambio. El carácter español es tradicional y prefiere lo malo conocido que lo bueno por conocer, además de que no valora el esfuerzo por la innovación de los que pueden variar el modo de pensar colectivo. Ortega describe que el poder social está en manos de lo político y en los poderes que le son afines, llámense jueces, fiscales, periodistas, médicos y todo lo que tenga relación con el Estado y esto es lo que más considera el español.

En España, dicen las encuestas que la clase menos valorada es la política, pero en cambio, todo el mundo quiere pertenecer de alguna forma al Estado, que es el concepto de lo político de Carl Schmitt. Aquí criticamos a los políticos, no por lo que hacen sino porque no podemos hacer lo que ellos hacen. En lugar de pensar que no debería de existir el Estado, ya que la tendencia en una sociedad liberal es la supresión de la clase política, en realidad lo que queremos los españoles es pertenecer a esa casta política que tiene patente de corso. Por eso, escribía Ortega en España invertebrada, que el político goza de un exceso de poder social, a pesar de que hoy en día parezca lo contrario en las encuestas. Si las encuestas fueran ciertas, la sociedad civil, la misma que propugnaba Locke como administradora de sus propios asuntos, ya se hubiera encargado de poner fin a la teoría del contrato social y del bien común. Enajenarse para entregar nuestra propia libertad al poder político, para ser expoliados en todos los aspectos de lo social eso sí que es estar enajenados, que es un sinónimo de la locura. Los españoles estamos hechizados por el Estado y lo político.

Por otra parte, se encuentra ese perenne miedo al cambio que tiene el español, que en realidad es un miedo a la incertidumbre, a la angustia de lo que puede ser en lugar de lo que es cierto, estable y necesario. El español quiere lo seguro, lo que siempre conoce y ha conocido desde muy temprana edad. Es difícil hablar de innovación en España, ya que en la esencia del carácter español está la defensa de la consigna que nos enseñaron en nuestra infancia. Esta consigna, sea la que sea, será una opinión para nada meditada pero sí defendida a ultranza, ya que cambiarla supone perder parte de nuestra identidad, que es lo que más aprecia el español, con el consabido “yo soy así y no voy a cambiar”.

¿Y esto a qué es debido? Es un problema geofilosófico como un dispositivo territorial o un afecto trasmitido a nivel colectivo generación tras generación. La realidad española histórica ha sido que el español ha vivido siempre en una frontera, la frontera territorial que ha supuesto casi ochocientos años de incertidumbre. Todo el territorio español, ha estado desde el siglo VIII en un límite incierto, donde la vida diaria era un constante sobresalto. No existía el puesto seguro ni la colocación ni la dependencia a un señor como había en el feudalismo en Europa. Por lo menos allí se gozaba de la protección y estabilidad que otorgaba un señor feudal a sus vasallos, también enajenados incluso con su cuerpo. En España se era libre, pero el futuro era angustioso e incierto. Esa situación mantenida durante tanto tiempo llevo a la sociedad española a la extenuación, deseando alcanzar un estado de máxima certidumbre al coste que sea. Acarreó un deseo de toda su fuerza colectiva en sus arquetipos más profundos, para la máxima estabilidad posible de la vida límite. De ahí que haya tanta polémica cuando se toca el tema de la jubilación o el cambio social y se acepte prácticamente sin rechistar cualquier regla restrictiva que provenga del Estado protector, que ofrece la máxima seguridad. El español está cansado de luchar, que es sinónimo de innovar, ya que eso es lo que siente en lo más profundo de su ser histórico, su espacio topológico diría Merleau-Ponty.

No nos engañemos, la sociedad española no va a cambiar en los próximos 200 años. Necesita superar el miedo a la frontera, y eso pertenece a un espacio diacrónico, ya que el dispositivo o la relación de comportamiento es el de un grupo social y no individual. La sociedad evoluciona dentro de los tiempos de un sistema y no de los tiempos individuales, aunque se puede evolucionar paralelamente. La única posibilidad de cambio es el individual, que va sumando poco a poco una metamorfosis en el dispositivo de comportamiento social, para alcanzar esa posibilidad de innovación dentro de la sociedad española. De momento, lo mejor es que cada cual en su territorio y su espacio topológico introduzca la idea del cambio, alcanzando paulatinamente una transformación en el pensamiento colectivo del español, pero lo que sí que está claro es que nosotros no lo veremos de un modo colectivo aunque sí que podremos hacerlo individualmente si superamos ese miedo al cambio y cambiamos de consigna por la de “yo cambio todos los días, innovo y emprendo”.