EXTático

Dios, la creación y la mecánica cuántica

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas septiembre 28, 2010 @ 7:46 am

A raíz de los comentarios de Stephen Hawking sobre que no es necesario Dios para explicar la creación de las cosas, se ha originado un debate sobre la materia y su origen a partir de la nada. Según Hawking, la física puede explicar de un modo más o menos completo el origen espontáneo de las cosas a partir de la nada, sin la necesidad de una causa primera que las produzca ex nihilo.

Stephen Hawking, en contraposición al concepto teológico de creación de las cosas a partir de la nada por Dios, explica que la mecánica cuántica, y en concreto el principio de incertidumbre de Heisenberg, tiene como consecuencia la creación espontánea de partículas en lo que se ha llamado la radiación de Hawking. La radiación de Hawking es un tipo de radiación que ocurre en un agujero negro, con la singularidad de crear partículas que pueden ser emitidas y escapar de la gran fuerza gravitatoria del agujero. Como consecuencia, y por ese efecto cuántico, el agujero negro va perdiendo energía y masa hasta llegar a desaparecer. Desde este punto de vista basado en la mecánica cuántica, Stephen Hawking concluye que no es necesario invocar a Dios para explicar que el universo ha sido creado por Él, sino que es por medio de la creación espontánea, lo que ha dado lugar que las cosas se creen de la nada.

Desde otro punto de vista, J. Guitton y los físicos Igor y Grichka Bogdanov desarrollan la idea de un creador en Dios y la ciencia. Para J. Guitton la ciencia puede explicar lo que ocurre desde un pasado lejano de 12 o 15 mil millones hasta la explosión original del Big Bang, pero no se puede explicar más allá de 10-43 segundos lo que ocurrió en la esfera de 10-33 cm que explosiona , lo que se llama el muro de Planck, donde no se puede retroceder más lejos. El planteamiento es que para que ocurra esa explosión de un núcleo tan pequeño, se necesita una fuente de energía inmensa en un vacío cuántico. La mecánica cuántica supone que si existe una energía, tal y como ha explicado Hawking, con una cantidad muy grande de ella se puede crear materia. Para J. Guitton, la energía ilimitada que da lugar a la materia es Dios.

El problema aparece en el planteamiento de la pregunta a este acontecimiento. Se puede plantear desde una epistemología de la regularidad aleatoria, más acorde con el principio de incertidumbre o desde una epistemología explicativa causal, donde prevalece la relación causa-efecto. Por ejemplo, en una explicación causal de la ciencia se dice que para toda causa es necesario un efecto, tal y como expresaba Newton en sus leyes de la dinámica. A pesar de la obsolescencia epistemológica, aún se continúa investigando y pensando bajo un principio metodológico similar al de la causalidad. Así, desde el punto de vista de la causalidad la pregunta al problema de la creación se presenta cuando se plantea ¿por qué ha sido creado el universo? Es decir, la explicación para el conocimiento de la creación de las cosas se halla en relación a una causa y un efecto. En cambio, desde la perspectiva de la mecánica cuántica la pregunta no se puede plantear desde un porqué sino desde una perspectiva estadística. ¿Cuántas partículas pueden ser creadas en el vacío cuántico a partir de una radiación de un modo regular y aleatorio? La pregunta cae dentro de una epistemología donde la verdad es una verdad de probabilidad estadística, en base al mismo planteamiento y explicación aleatoria de incertidumbre, que existe en la observación medible de todas las partículas cuánticas.

El concepto de creación del universo a partir de la nada es un concepto más bien nuevo, ya que en el mismo libro bíblico de la Sabiduría XI,18, se explicaba que la creación de la tierra fue hecha de una materia invisible. El mismo San Agustín declaraba que todas las cosas que habían sido creadas existían antes como ideas en la mente de Dios, y que posteriormente se convertirían en las “razones seminales”. No fue hasta San Anselmo donde las cosas son creadas directamente por Dios a partir de la nada, con lo cual nada precede a la creación. Así, desde que se estableció el concepto de creación en la Biblia, este ha sido presentado como creación a partir de la materia, como una cierta forma de emanación de Dios o como la creación ex nihilo a partir de un acto espontáneo y arbitrario de Dios.

Entonces, si en algo coinciden las posturas de Hawking y J. Guitton con respecto a la pregunta no es en el porqué sino en el cómo, es decir, en la acción en sí. La materia se crea en una acción espontánea y arbitraria tanto en la explicación de uno como en la del otro, cuyo origen es la partícula en si o la energía creadora de Dios. Desde este punto de vista tanto el creyente como el no creyente pueden defender sus tesis de la creación con respecto al cómo apareció la materia, ya que el porqué de la causalidad primera o el cuánto de la regularidad estadística son más bien preguntas para otros campos, que no son afines entre sí, y por tanto, las respuestas son contradictorias. Por eso, las respuestas pertenecen al contenido que concierne al modo relativo de construir la realidad de cada cual, ya que la realidad es construida por uno mismo.

La reprogramación del reloj de la duración interna

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas septiembre 17, 2010 @ 10:31 am

F. Suárez, filósofo español que murió el siglo XVII, explicó antes que Heidegger y muchos otros, la relación que existía entre la duración y el tiempo. Para Suárez el tiempo era la medición de un movimiento sucesivo y continuo del ahora en orden a una cantidad, siendo el tiempo la duración del movimiento. La duración de una cosa era su existencia, desde el instante que dejaba el no ser, que era su nacimiento hasta su desaparición, que en el caso del hombre es la muerte. Las cosas que duran existen, porque perseveran en su ser. La duración podía ser extrínseca en cuanto la existencia puede ser medible en el tiempo. Las acciones o el acto de la existencia se pueden medir por el tiempo cósmico que según Suárez, coincide con el del reloj. Las acciones extrínsecas del ser tienen una duración, un tiempo de realización para ser medidas, donde el tiempo relativo del ser coincide con el tiempo absoluto de la medición del reloj cósmico. Coincide con una traslación o un periodo de ocupación, que considera a la acción un movimiento sucesivo y continuo, y por tanto, tiempo. La duración intrínseca pertenece a la acción durable del movimiento de la propia existencia, el hecho de existir que no se puede medir, ya que la acción en sí misma es inmanente a ella. Es decir, para ser, que es el existir, no influye la medición del tiempo medido, y por tanto, la duración extrínseca.

Las consecuencias de este pensamiento serían que habría una separación entre el acto de existir y el tiempo medido de ambas duraciones, y por tanto, el reloj o el tiempo solo valdría para las acciones medidas, de lo que hacemos durante el día. En realidad, dice Suárez, que la mayoría del tiempo transcurre dentro de la duración extrínseca que coincide con el tiempo medido y que las acciones del existir, como pertenecen a la esencia del ser, no se llegan a comprender porque nunca terminan hasta que no finaliza la existencia de la cosa. De ahí que fuera Heidegger quien hiciera consciente para el ser-ahí, el hombre, la existencia a través del tiempo propio.

En la actualidad hemos introyectado el tiempo de la duración extrínseca para medir incluso nuestra existencia, aquella duración de las acciones del existir de la cosa de Suárez o la temporalidad de Heidegger, de tal modo que tenemos un reloj de nuestra propia duración. Desde el momento que somos conscientes de ser o de nuestro propio yo ya somos tiempo, y por tanto, además de existir, duración intrínseca, empezamos a durar extrínsecamente. Con el movimiento sucesivo del existir, que es el tiempo, aparece una especie de reloj que mide nuestras acciones. Este reloj coincide con nuestra duración extrínseca, pero poco a poco se va convirtiendo en el de nuestra propia medición interna, que mide nuestra duración intrínseca, el reloj de la existencia. Ese reloj de la existencia no solamente mide el tiempo sucesivo y continuo, que es el presente sino también el pasado y el futuro. Esto se traduce en que nos imaginamos que a cada edad tenemos un recuerdo del tiempo detenido en las fechas de nuestras acciones y de lo que seremos en las fechas de nuestras más lejanas acciones, además de las que pertenecen al ahora.

Por ejemplo, cada vez que avanza el reloj de nuestra existencia, recordamos en mayor medida aquellas acciones concretas de fechas puntuales de nuestro pasado. En muchas ocasiones nos aferramos a ellas, como aquellos maravillosos años que vivimos en los sesenta o setenta o por lo menos nos lo parecen. El futuro se observa con incertidumbre, pero también se ha medido en nuestro reloj imaginario que marca el paso de nuestra existencia. Nos vemos con sesenta y cinco años, ansiando nuestra retirada de la vida laboral, para disfrutar los pocos años que creemos que nos depara el futuro, ya que muchos de nosotros crecimos en una época donde los ancianos tenían esa edad. Con las expectativas de vida que existe hoy en día, reflexionar que un hombre de sesenta años es un anciano, y sobre todo, que uno mismo lo piense de esa manera, no es una realidad ni extrínseca ni intrínsecamente. Si es así, implica que nuestro reloj interno de la existencia está programado de tal manera, que se adelanta en cuanto que imaginamos que nuestra existencia será más corta que en lo que realmente puede ser. Por tanto, la realidad es que si las expectativas de vida para las personas de sesenta pueden alcanzar los 90 o 100 años, ello significa que debemos de reprogramar nuestro reloj de la existencia para recapacitar que nos quedan muchos años por delante. Supone además que podemos vivir más tiempo que los años pasados todavía cercanos, que recordamos con nostalgia. Los proyectos pueden ser o deberían de abordarse a largo plazo, ya que especular que a los 65 años se es un anciano es firmar el suicidio antes de tiempo.

La reprogramación del reloj no consiste más que en recapacitar que una persona de sesenta años, que equivaldría a tener antiguamente en noventa años en expectativas de vida, hoy en día podría pensar que tiene 30 o 35 años. Los mismos que todavía le quedarían por vivir hasta los sesenta de antes o los 90 o 100 de ahora. Claro que para reprogramar la duración extrínseca habría que modificar nuestras acciones intrínsecas o existenciales, aquellas que no podemos medir. Nuestra forma de encarar el trabajo como si fuera el primer día que empezamos la vida laboral, la apertura a ideas nuevas, la relación con gente más joven, el optimismo hacia el futuro, la tolerancia y la transigencia, el cuidado del cuerpo en la recuperación del desgaste diario, serían algunas de las acciones que se tendrían que reconsiderar para llegar a buen término la reprogramación del reloj interno de la existencia.

El alma de las cosas es el tiempo

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas septiembre 8, 2010 @ 8:12 am


Tiempo perdido, tiempo recobrado

Según Mauss, todas las culturas y tribus del mundo han considerado que las cosas tienen un valor espiritual o mágico, que otorga a su poseedor o familia una fuerza mágica, religiosa o espiritual. Todos estos objetos, por su valor mágico, podrían ser objetos de cambio, que llevarían implicado el espíritu de las cosas, como el hau de los maoríes, el wadium de los germánicos o el nexum de los romanos. Las cosas que se conservan adquieren ese valor residual por el pensamiento mágico, que otorgaba la prope o propiedad por la proximidad. Las cosas heredaban por vecindad, lo que se llamaba en la Edad Media la conveniencia, las características propias intrínsecas de su poseedor. De ahí el valor espiritual que contenía la cosa poseída en relación al dueño.

La esencia de las cosas, la propiedad o lo que era más propio de ellas, conseguían ser esencias espirituales por la proximidad o conveniencia con el poseedor, de ahí que el valor mágico de ellas se debía a que formaban parte de uno mismo, que en el caso de la sociedad antigua caía dentro de la familia. Por ejemplo el mancipi romano, en que todas las cosas de una hacienda pertenecían al señor por ser el paterfamilias, conteniendo eses valor mágico, que luego daba lugar al nexum en cuanto existía una transacción posterior de alguna cosa. El valor espiritual de la cosa siempre quedaba atado al primer poseedor de ella por su carácter mágico a pesar de sus diferentes transacciones como nexum.

Para Proust, los objetos eran signos que servían para aprender e interpretar, para conocer. Decía Deleuze que todo lo que nos enseña emite signos. Aprender es interpretar los signos y por tanto de los objetos materiales que nos rodean. Aprender de los objetos que nos rodean por conveniencia y proximidad, es interpretar la parte de nosotros que constituye su esencia, algo mágico espiritual, el alma de la cosa, que no es otro que el tiempo. Es el tiempo detenido contenido en ellas de nuestro pasado, las vivencias que experimentamos en su proximidad, lo que les dio la propiedad que consideramos como propia. Ellas contienen parte de nuestra memoria, de lo que somos como tiempo que está implícito en la materia de las cosas que nos convienen.

Por eso, las cosas que nos envuelven no ocupan ningún sentido material sin que expresen de un sentido esencial, que nos proporcione una alegría, un gozo de ver la cosa. El porqué de esa alegría es la búsqueda del tiempo perdido de nuestro pasado en la esencia ideal de las cosas que nos abrazan, los sentidos que nos excitan, el tacto, la vista, el oído o el gusto y el olfato, como es la famosa magdalena de Proust. La búsqueda de la verdad o de nuestra propia verdad como fundamento de nuestro proyecto es la relación esencial que entablamos con las cosas, como memoria recobrada de nuestro pasado.

Parte de nuestro pasado está en las cosas que poseemos, las cosas que son propias, a las que le hemos otorgado ese valor sentimental, afectivo, que nos proporciona una satisfacción por el recuerdo inconsciente o consciente, de aquellos momentos mágicos que vivimos una vez y que se repiten en el recuerdo, cada vez que recobramos el tiempo perdido. Por eso nos cuesta tanto desprendernos de nuestro tiempo pasado, de nuestra memoria.

Es una forma de fetichismo moderno, donde los objetos materiales contienen unos valores mágicos y sobrenaturales porque no se los comprende con un mero sentido material. Pero ese fetiche que es la cosa que nos rodea, es el recuerdo mágico que nos acompañara toda la vida, como el peluche de nuestros hijos que se aferran a este como protección a la oscuridad de lo incierto.

De ese modo, es tan difícil desprendernos de las cosas que poseemos, de nuestros fetiches temporales, ya que no en vano contienen parte de nuestra propia alma, de nuestra esencia que es el tiempo pasado a veces perdido y nunca más recobrado. Así, los antiguos creían que las cosas tenían un nexum que iba más allá del simple contenido espiritual. Llevaban el sello de la familia que los había poseído, por lo que de alguna forma u otra siempre existía un vínculo recíproco. Puede que eso es lo que sintamos cuando vemos nuestro antiguo coche circular por la ciudad y nos alegramos de que esté bien cuidado, el nexum de las cosas y su alma que es el tiempo pasado.

Los sistemas no separables en la teoría cuántica

Filed under: Filosofía — Gilberto Salas septiembre 3, 2010 @ 10:36 am

El sentido común nos muestra que las cosas son separables, del mismo modo que en la física clásica la naturaleza real se basaba en la separabilidad de los sistemas. Realidad y separable casi eran sinónimos del mismo concepto, donde lo que existía se regía por la mecánica newtoniana. Realista era lo que se limitaba exteriormente, lo que nos ofrecía el sentido común de nuestras percepciones, en que una materia macroscópica y muy objetivada se describía por lo conocido y observado con sus propiedades medibles. Por otro lado, esa realidad era separable, ya que permitía que las cosas y los sistemas mantuvieran una relación de independencia, en cuanto los valores y propiedades de medición. Para ello, incluso se planteó un “principio de separabilidad” que consistía en que los valores de medición de un objeto-fuente y del polarizador se encuentren fijos en cada instante. Los valores de medición serían absolutos y constantes en cualquier medición en un instante concreto, lo que significaba de por sí  que el sistema estaba completamente determinado.  El principio de incertidumbre de Heisenberg explicaba que los objetos de medición cambian sus estados cuánticos en cuanto la luz del aparato incide en ellos, variando velocidad y posición de la partícula, con lo cual habría múltiples posibilidades para determinarla, concluyendo en un grado de incertidumbre, aunque desde la perspectiva de Einstein altamente probables. A partir de esta idea Einstein, Rosen y Podolsky elaboraron una hipótesis en referencia a la incompletud de la mecánica cuántica, para describir y valorar los diferentes sistemas, conocida como la paradoja de Einstein Podolsky Rosen.

La hipótesis de EPR explicaba tres premisas en referencia a la mecánica cuántica. En primer lugar, la mecánica cuántica era realista, ya que sus predicciones son acertadas, y porque poseen una regularidad física independiente a los observadores humanos. En segundo lugar, la inducción recoge datos finitos y limitados en cuanto que la teoría de la relatividad, y por tanto, la velocidad de la luz es exacta. Ello conlleva a que las conclusiones y los resultados sean válidos para una serie de observaciones finitas. En tercer lugar, está el tema de lo separable, en que ninguna información en ningún estado cuántico puede propagarse más rápido que la luz. Esto querría decir que en un estado cuántico dado no se puede transmitir ningún tipo de información o de estímulo de un electrón a otro instantáneamente, debido a que estos estados están separados, por ejemplo, a años luz. Los estudios de Bell y Aspect han dado un vuelco a esta hipótesis, ya que por medio de lo que se han llamado las variables ocultas, los electrones pueden recibir información o ser estimulados más rápidamente que la velocidad de la luz. Es el llamado entrelazamiento cuántico.

 En realidad, el entrelazamiento cuántico fue predicho por la hipótesis de EPR en su tercera premisa en cuanto que los estados cuánticos de dos o más objetos se pueden o deben describir con respecto a todos los objetos del sistema, aunque estén separados entre sí. El problema es que EPR pensaban que esta hipótesis demostraba que la mecánica cuántica era incompleta e inconsistente con el realismo local y su separabilidad, pero los estudios de las variables ocultas locales, que pretenden determinar de algún modo la probabilidad estadística de los parámetros cuánticos, abocaron a la desigualdad o teorema de Bell. Las variables ocultas no tendrían un efecto de medición de las partículas alejadas en un estado entrelazado cuánticamente de diferentes sistemas y objetos, lo que indicaría la separabilidad de ellos. Bell propuso que si esta hipotésis localista de las variables ocultas debería de cumplirse la desigualdad o teorema de Bell. Este teorema muestra que las predicciones en mecánica cuántica no son intuitivas y que las variables ocultas que pretendían determinar localmente un estado de entrelazado cuántico no pueden reproducir las predicciones, es decir, no pueden determinar la medición de las partículas, y por tanto, lo que se intuye es la no separabilidad del sistema. El teorema de Bell entonces va contra un realismo local y dando pie a todo la idea del entrelazado cuántico y su transmisión de información al margen de la posición y de la distancia. Los experimentos de Aspect sobre esta teoría parecieron confirmar la no separabilidad de los sistemas al margen de la posición espacial y la distancia en relación a la velocidad de la luz. El problema que se presenta es que el realismo y la separabilidad no solamente pueden ser puestos en duda a nivel epistemológico y filosófico sino todavía de un modo más peculiar con la naturaleza de los hechos físicos. La propuesta experimental supone la posibilidad de hablar de una realidad física no separable donde las influencias entre las partículas son instantáneas, una nueva física holística donde toda la realidad estuviera entrelazada instantáneamente. La pregunta sería si esta realidad sería operativa a todos los niveles de información y transmisión de ella. Por lo pronto, siguiendo la estela del entrelazado cuántico de la física, la criptografía cuántica y la computación cuántica continúan dentro de ese campo experimental. 

De todas formas, los estudios de A. Aspect comprenden que lo que conocemos por realidad separable no tiene cabida en el mundo cuántico y abre un camino para cuestionar el concepto de naturaleza objetiva y determinada, que en muchos casos ya ha sido puesto en duda como hemos visto desde el punto de vista físico, epistemológico y filosófico. Desde el punto de vista filosófico puede que la profundización del pensamiento de Leibniz nos podría aclarar una nueva perspectiva de la realidad entrelazada con su concepto de mónada.